¿Se ha de decir siempre lo que piensa?

¿ Se ha de decir siempre lo que uno piensa?

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Los profesionales de la psicología siempre insistimos en la importancia de que las personas vayan siendo conscientes de sus deseos y necesidades más profundas y sinceras. Y no sólo que sean conscientes de ellas, sino que puedan expresarlos hacia afuera. Que las personas que nos rodean, también, sepan de nuestros deseos, nuestras opiniones, de nuestras necesidades es muy saludable para crear relaciones sanas (o romper con relaciones insanas).

Pero…¿ es necesario decirle siempre al otro lo que pensamos? ¿Es necesario que la “ bandera de la verdad” sea nuestra representante?

Ser sincero con uno mismo y con los demás es algo muy recomendable, pero si, además, utilizamos algunos criterios para que la verdad no se vuelva en nuestra contra, aprenderemos a discernir entre las verdades útiles y que las que pueden provocar un daño innecesario.

Os dejamos este cuento para la reflexión:

Las tres rejas

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El joven discípulo de un filósofo sabio llega a casa de éste y le dice:

- Oye maestro, un amigo tuyo estuvo hablando de ti con malevolencia.....

- !Espera! - lo interrumpe el filosofo - ¿ya hiciste pasar por las tres rejas lo que vas a contarme?

- ¿Las tres rejas?

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- Si. La primera es la verdad. ¿Estas seguro de que lo que quieres decirme es absolutamente cierto?

- No. Lo oí comentar a unos vecinos.

- Al menos lo habrás hecho pasar por la segunda reja, que es la bondad. Eso que deseas decirme, ¿es bueno para alguien?.

- No, en realidad no. Al contrario...

- !Ah, vaya! La última reja es la necesidad. ¿Es necesario hacerme saber eso que tanto te inquieta?

- A decir verdad, no.

- Entonces, dijo el sabio sonriendo

- Si no sabemos si es verdad, ni bueno, ni necesario, sepultémoslo en el olvido.

Podemos recoger estos criterio de verdad, bondad y necesidad para cualquier cosa que queramos expresar. No sólo para los “chismes” de unos contra otros, sino para verdades nuestras.

A veces, si hemos estado mucho tiempo de nuestra vida callando y aprendemos a quitarnos el miedo a expresar, surge en nosotros la necesidad imperiosa de llevar la verdad por delante, de no volver a callar.

 Antes de hablar pregúntate esto:

1. ¿ Lo qué quieres decir es absolutamente cierto?

2. ¿ Lo que quieres decir es bueno para alguien?

3. ¿ Es necesario que el otro sepa lo que quieres decir?

 

Raquel Ibáñez Ortego

Psicóloga y terapeuta

Grupo Crece

Autoestima: aprendiendo a querernos bien

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En el lenguaje común, el término autoestima se utiliza para explicar, hasta cierto punto, el grado en que una persona se quiere o valora a sí misma.

Es tremendamente común en nuestros talleres, o sesiones individuales escuchar frases como "no me quiero a mi mismo", "tengo una autoestima muy baja" o "no me valoro".

Unos de los puntos importantes que nos gusta destacar, es que la autoestima no es un depósito que se tiene lleno o vacío, lo que sí es cierto, es que la autoestima emana de la valoración que hace la persona sobre si misma, sus fortalezas o debilidades, y su autoconcepto. Pero el término de autoestima alta o autoestima baja no nos gusta demasiado, preferimos hablar de autoestima dañada o sana.

Imaginémonos una personalidad narcisista. Para quien no esté familiarizado con el término lo explicamos. Es un tipo de personalidad, o rasgo, que llama la atención porque la persona nos da a entender que tiene un alto concepto de sí misma, tiende a achacar los errores a los demás o al entorno y a percibir los triunfos a su persona o a su gran capacidad. Estas personas, tienen una gran dificultad para aceptar o asumir errores, y una forma de concebir el mundo muy egocéntrica, lo que les dificulta a la hora de aprender, adaptarse a su entorno, o profundizar en sus relaciones personales, ya que, con mucha facilidad, podrán ser rechazados por los demás. Dan la imagen de sentirse superiores al resto, y se comportan con los demás como si eso fuese cierto. El ejemplo que hemos definido sería un narcisista de libro, pero existen muchas modulaciones de esta personalidad en el mundo. ¿Os suena alguna persona de vuestro entorno?... Si no es así, seguro que rápidamente os vienen a la mente ejemplos de personas famosas relacionadas con esta forma de ser.

Pues este es un ejemplo claro de tener, por un lado, una autoestima muy alta. Pero, ¿consideraríais esto una autoestima sana?. ¿Se está valorando esta persona de una forma realmente saludable?. Por cuestiones como esta, nos decidimos por la clasificación de autoestima sana y autoestima dañada.

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La autoestima sana, consistiría en ser capaz de valorarnos con justicia, siendo conscientes de nuestros errores o nuestras dificultades.

 

Yo puedo admitir que no soy un gran orador, pero también ser consciente de tener una gran capacidad de trabajo. Quizá no destaque en mi faceta deportiva, pero eso no quita que sea un gran motivador y una persona carismática que hace sentir unida y conectada a la gente que me rodea. Una persona con una autoestima sana, se reprochará con justicia por algo en lo que no haya dado la talla o no le haya salido bien, de forma constructiva, y también será capaz de reconocer sus logros y sentirse orgullosa de ellos, valorándolos, sin despreciarlos o restarles importancia.

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Cuando hablamos de autoestima dañada, nos referiríamos justo a lo contrario de la autoestima sana, pero esto no solo incluye a las personas que no se valoran o se valoran poco, sino también a quienes se consideran continuamente los números 1, sin admitir errores, o tratando de ocultar la responsabilidad o de echar balones fuera.

Por tanto, si estamos educando a niños pequeños, o queremos ayudar a alguien con problemas de autoestima, o a nosotros mismos, lo conveniente siempre, es enseñar a esa persona a valorarse de forma sana, en lo positivo y en lo negativo, y no necesariamente cubrirle de elogios o criticarle duramente. La clave está en generar esa reflexión justa, y en lograr ayudarles a explorar sus fortalezas y debilidades por sí mismos.

En el próximo post, os enseñaremos una técnica para explorar el autoconcepto.

¡A quererse se ha dicho! ... pero a quererse bien.

Alberto López Viñau

Psicólogo y coach

Grupo Crece

 

 

La opinión de los demás importa demasiado

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Usted siempre es valioso, no porque alguien lo diga,

 no porque usted es exitoso,

no porque usted gana mucho dinero,

sino porque usted decide creerlo por ninguna razón". Wayne Dyer.

 

Para el ser humano es una motivación básica ser valorado y estimado, ser aceptado. Necesitamos el reconocimiento de que nuestra identidad ( lo que decimos, lo que pensamos y hacemos) tiene un valor y de que nos hace únicos y diferentes

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Ahora bien, una cosa es que te afecte algo y otra que te paralice completamente.

Es como si hubiera dos sintonías en nuestra vida: la de los otros , con sus juicios, deseos, alabanzas y consejos; la nuestra propia, con nuestros juicios, deseos, alabanzas y consejos.

Pero la sintonía de los otros está a un mayor volumen, por lo que silencia la nuestra. La nuestra queda relegada a un simple hilillo de voz al que no damos valor ni fuerza para sonar.

Sintonizar únicamente con lo que los demás piensan de ti puede llevarte a no vivir la vida que quieres vivir, a ignorar tus deseos y necesidades, pues serán los deseos y necesidades de los demás los que gobiernen tu vida.

¿ Cómo puedo manejar esto?

Bueno, esto no es fácil, porque siempre habrá otros que opinen sobre ti. Por lo que en principio el objetivo irá encaminado a empoderar ( dar volumen a ) tu sintonía propia y no tanto el acallar la de los demás.

1. ¿ Sabes cuál es tu sintonía? ¿ La has escuchado alguna vez?

Lo primero de todo es empezar a escucharte, porque quizás nunca te hayas preguntado qué quieres tú. Cada vez que el otro emita una opinión, consejo, crítica o algo que veas que te afecte, pon el foco en ti y pregúntate ¿qué quiero yo? La respuesta no tiene por qué ser rápida, instantánea. Quizás necesites tiempo para dar con ella, pero el primer paso es empezar a buscarla.

Cuando estás convencida de que haces lo que de verdad quieres no dejas que las críticas de los demás te paren.

2. Cada sintonía tiene su historia.

La sintonía del otro es resultado de la experiencia del otro, de su historia de vida, de sus aprendizajes, de sus fracasaos, de sus éxitos, de sus circunstancias. Es su sintonía y es la que le ha llevado a donde se encuentra. No tiene por qué ser válida para ti, para tu historia, para tus circunstancias. Tu historia y tus circunstancias son únicas.

Escucha a alguien que tenga experiencia en tu situación o en ti ( que conozca tu manera de sentir, pensar y hacer de forma habitual). No es necesario que nunca escuches a otros que no sepan de lo tuyo, siempre está bien tener en cuenta las ideas de personas de otros campos porque te pueden abrir los ojos a ciertas cosas que no habías considerado. Eso es una cosa y otra dejar que una persona ajena a tu historia  te diga que haces bien o mal.

3. Aléjate de personas que sólo saben malmeter y criticar.

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Una cosa es la crítica constructiva, que te ayuda a crecer y mejorar (aunque duela un poco), y otra la crítica descarnada y con mala idea. Aléjate de ese tipo de personas y rodéate de gente que te apoye y te anime, que no quiere decir que te den siempre la razón, pero que al menos te apoyen.

Si siempre te adaptas a los deseos de otros, nunca vas a conocer los propios y, probablemente, alejes más gente de la que atraiga.

Raquel Ibáñez Ortego

Psicóloga

Grupo Crece

9 Tips sencillos para transmitir seguridad y firmeza en nuestra comunicación no verbal

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En nuestro anterior artículo "8 claves para transmitir cercanía y calidez con el cuerpo", justificamos la importancia de los elementos no verbales y paraverbales para lograr generar ese efecto que tanto deseamos en los demás, ya sea en situaciones laborales o extralaborales. Podemos tener interés en transmitir cercanía y calidez a nuestro equipo de trabajo, si lo que buscamos es dar a entender que somos personas receptivas y que sabemos escuchar y hacer sentir cómodas a las personas que trabajan a nuestro cargo, favoreciendo así un clima de confianza. Esto también se puede generalizar a otras situaciones, como cuando conocemos gente nueva, o cuando nos interesa convencer o persuadir a alguien para cualquier cuestión. O simplemente si estamos valorando que somos personas quizá algo más cerradas, o demasiado serias, y entre nuestros intereses está que los demás se acerquen a nosotros.

En el artículo de hoy, hablamos de otro registro, la seguridad y la firmeza. Y para ello vamos a explicaros las claves más importantes para sacar el máximo partido a nuestro cuerpo y a nuestra voz.

Os recordamos también, como hicimos en el artículo anterior, que el porcentaje más elevado de lo que transmitimos a los demás, se realiza a través del cuerpo y la voz, y que por tanto, es completamente desaconsejable no tener en cuenta estas variables a la hora de encarar nuestro objetivo.

Al igual que ocurre con la cercanía o la calidez, el registro de seguridad y firmeza es fundamental para transmitir a los demás cuestiones tan importantes como los límites, el mantenimiento de nuestra postura ante una idea o decisión tomada, y la expresión de una necesidad o petición. Como imaginaréis, se trata de una actitud más seria y contundente que la anterior, pero eso no hace necesariamente que se produzcan unas diferencias excesivas entre un registro y el otro como pasamos a describir a continuación:

1. Sonrisa intercalada con otros gestos, incluso en momentos de conflicto.

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Pese a lo que intuitivamente puede parecer paradójico, la sonrisa está relacionada también con la firmeza, y, utilizarla en estas situaciones no tiene por qué ser sinónimo de actitudes poco serias o desenfadadas. Es un reforzador social y regula las interacciones, reduciendo las probabilidades de conflicto.

2. Mirar a menudo, de forma directa y con la cabeza recta sin levantar la barbilla.

Al mirar a la persona, en mayor medida a los ojos, estamos dando a entender que no rehuimos el conflicto, ni tenemos de lo que escondernos, ya que tenemos una postura clara de lo que queremos transmitir. La cabeza ha de estar recta, ya que si se orienta hacia arriba puede transmitir sensación de prepotencia o superioridad, mientras que si la desplazamos hacia abajo, lo que transmitiremos serán inseguridades, dudas o inhibición.

3. Gestos de seguridad tendiendo a la simetría y contundencia, combinados con gestos asimétricos y ondulantes.

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Como vimos anteriormente, la calidez es más asimétrica, estamos transmitiendo que somos flexibles, que nos adaptamos y entendemos. Sin embargo la firmeza es más simétrica, debemos tender hacia una postura recta en la que nuestros brazos y piernas estén al mismo nivel, para transmitir esa contundencia. Sin embargo, no tenemos que transmitir rigidez, y por ello se pueden combinar los gestos simétricos con los asimétricos. Cuando quiero marcar un límite diciendo que no, mi cuerpo estará recto y mis gestos serán firmes (como por ejemplo haciendo una cruz con los brazos y negando con la cabeza), pero eso no será incompatible con una postura más abierta, con movimientos más ondulantes cuando esté explicando mis motivos (de forma clara y concisa).

 

4. Utilizar posturas abiertas y mover las manos, siendo expresivos con el cuerpo.

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Ya indicamos que la firmeza y la contundencia no son sinónimos de rigidez. Nuestra postura debe ser abierta, intentando evitar que brazos y piernas estén en exceso cruzados (manifestando postura cerrada).  Moviendo las manos damos a entender que nuestro cuerpo acompaña a lo que decimos con naturalidad. Estamos abiertos a la comunicación, aunque nuestra postura sea firme y clara.

5. Orientarse y acercarse al otro, no retirarse hacia atrás.

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Es importante que nos orientemos a la persona o grupo a la que nos dirigimos, abarcando con nuestro cuerpo, y tender a acercarnos, nunca alejarnos. Así daremos la impresión de que no reculamos en nuestra postura ni tememos afrontar la crítica o la petición de cara.

 

6. Inflexiones y juego vocal, sonidos contundentes.

Este aspecto se refiere a la voz. El volumen debe ser audible, ni excesivamente alto ni bajo, con una buena articulación para su comprensión, enfatizando y remarcando la parte en la que marcamos el límite o el no, y con una velocidad adecuada, porque al hablar demasiado rápido, podemos transmitir nerviosismo o ansiedad. Para transmitir contundencia debemos pasar de lo agudo a lo grave, sobre todo cuando remarquemos el mensaje que queramos transmitir (lo siento... pero NO).

7. Contacto físico natural adaptado a las situaciones.

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Utilizar siempre con precaución, ya que hay personas que reaccionan de forma muy diferente ante el contacto físico. Mejor utilizar si sabemos que la persona reacciona bien, si desconocemos a la persona evitarlo o tantear.

8. Coherencia entre lo verbal y lo no verbal y coherencia entre los diferentes elementos no verbales.

Es fundamental que el mensaje que transmitimos verbalmente sea acorde con el mensaje no verbal y paraverbal. No podemos asegurar que tenemos una postura firme y clara ante una cuestión, y elevar los hombros al mismo tiempo (lo cual denota dudas o indiferencia).

9. Evitar automanipulaciones o movimientos nerviosos.

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Transmite ansiedad, incomodidad o dudas, y no queremos transmitir esto ante la audiencia o los interlocutores. Para ello podemos ayudarnos de una respiración tranquila y pausada. Algunos de los movimientos nerviosos más famosos son comernos las uñas, rascarnos la espalda, arreglarnos la ropa, balancearnos, tocarnos la nariz, frotar las manos,

Esperamos que estas 9 claves os ayuden a preparar situaciones donde queráis mostrar esa seguridad, contundencia y firmeza. Es solo cuestión de prepararlo bien, observaros... ¡y a practicar!

Alberto López Viñau

Psicólogo y coach

Grupo Crece

 

Las mujeres y el liderazgo

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Dos olas históricas de lucha feminista, la primera desde mediados del siglo XIX hasta mediados de los años 30 del siglo XX; la segunda desde los años sesenta hasta los ochenta del siglo XX, nos traen hasta el momento actual. Las mujeres siguen luchando en lo que, más que una ola, se ha convertido en un mar bravo, con movimiento y avance constante. De esta manera, van conquistando hitos y lugares donde antes no tenían cabida.

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Uno de esos lugares son los puestos directivos y de responsabilidad de las empresas. Las mujeres están llegando cada vez más alto en la jerarquía de las empresas, pero, a muchas de ellas, esto les está costando una gran revolución en su autoconcepto y confianza. Y es que no son pocas las que  se plantean: ¿Seré capaz de cumplir las expectativas? ¿Me van a tomar en serio? ¿Voy a saber defender mi posición?

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Cada vez  más consultas acuden a nuestra consulta mujeres válidas, inteligentes, formadas, con experiencia y carisma que se sienten inseguras en sus roles de liderazgo. Y, en ocasiones, incapaces de ejercerlo. Esto les hace vivir sus ascensos con gran ansiedad, errar en sus primeros pasos y crear una ruptura con las actitudes y acciones que les llevaron a ese puesto.

Esta inseguridad esconde un gran peligro que puede llevar a deshacer el camino andado. Este peligro radica en que la respuesta a estas preguntas sea una imitación de los roles masculinos, de los modus operandi que han caracterizado a esos puestos durante tantos años, creándonos máscaras, alejándonos de nuestra esencia y viviendo cada paso desde la inseguridad.

Por eso, es tan importante que esta oleada feminista esté marcada por el empoderamiento de cada persona, por el objetivo de conquistar hitos desde nuestros dones, y poniendo nuestra esencia en cada cosa que hacemos. Eso sería conseguir la liberación de los roles de género, romper con las comparativas, con los miedos y las máscaras. Y desde ahí, podríamos valorar el aporte de cada persona a cada puesto, y no tanto su capacidad para adaptarse a roles prefijados. 

Hagamos valer el estilo asertivo, la empatía, el compañerismo y todas las habilidades que podamos aportar, confiando en la importancia de instaurarlas en los entornos de trabajo, alejándonos de la amenaza de roles rígidos ligados a los cargos de responsabilidad y directivos, que no favorecen a ninguno de los géneros. 

Sara Ferro Martínez

Psicóloga

Grupo Crece

Los peligros y ventajas del WhatsApp en los menores. 10 pautas que debes tener en cuenta.

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Mediante este servicio de mensajería nuestros hijos e hijas pueden hablar, intercambiar archivos de todo tipo (predominan las fotografías), aclarar cosas de los deberes o de actividades del colegio, e incluso organizar eventos (fiestas de cumpleaños, salidas con los amigos, trabajos en grupo, etc.).

Se configura como una auténtica red social que requiere una vigilancia aún más exhaustiva por parte de los padres y madres, por este motivo, vuestro control es imprescindible. Lo ideal  sería esperar un poco más para que vuestro hijo o hija dispusiera de esta aplicación, es más, las propias condiciones o términos de servicio de WhatsApp indican los 16 años como edad autorizada para su uso (los menores de esta edad requieren consentimiento legal de sus padres/madres o tutores/as).

No obstante, cuando decidamos que nuestro hijo o hija la tenga, lo primero que tenemos que hacer al instalarla en su móvil es configurarla para que tenga la mayor seguridad posible. Y, a partir de ahí, concienciarnos de que tendremos que ejercer una vigilancia constante y profunda.

Debéis establecer con vuestro hijo o hija la condición de que vosotros accederéis a ella para revisar sus conversaciones, y la norma de que os tiene que enseñar cualquier cosa que intercambie e insistidle de nuevo en lo fundamental de proteger su intimidad, y de no hacer daño a nadie al manejar e intercambiar información. Estos valores adquieren mayor relevancia cuando se trata de conectividad móvil.

Además, restringir lo máximo posible el uso de WhatsApp es muy importante porque es una aplicación especialmente adictiva que puede hacer que vuestro hijo o hija esté pegado/a a su móvil todo el día. Por ello, en este caso son más necesarios aún los límites y todas esas normas de uso racional que hemos establecido para las llamadas o el resto de acciones llevadas a cabo con el teléfono. Pautar con ellos o ellas un uso limitado de tiempo al día  y que quede por escrito a modo de contrato es una buena forma de aumentar y mantener el compromiso. Como todo, el WhatsApp bien utilizado no tiene por qué ser negativo.

Por supuesto, bajo todo esto subyace de nuevo la relación de confianzaque debéis construir desde el principio con vuestro hijo o hija  a la hora de enseñarle a usar correctamente el teléfono móvil.

Os recomendamos las siguientes pautas para explicarles a vuestros hijos e hijas y disfrutar de esta app de forma sana y responsable.

1.    No compartas tu número con extraños

Tu número telefónico es una información valiosa, no permitas que otros compartan tu número o tu contacto en grupos de WhatsApp o lo envíen a otras personas. No compartas tu número con extraños, jamás sabrás realmente con quién estás hablando.

2.    Configura la privacidad de WhatsApp

Recuerda que tienes la opción de quién puede ver el horario de tu última conexión, foto de perfil y estado. También podrás desactivar la confirmación de lectura en caso de que tengas contactos ansiosos por una respuesta.

3.    No tengas miedo en bloquear

Puede que alguien te esté molestando, en WhatsApp existe la posibilidad de bloquear contactos a fin de que dejen de enviarte mensajes. Del mismo modo, tampoco podrás enviar mensajes a los contactos bloqueados.

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4.    Respeta a los demás

No escribas fuera del horario adecuado, muchos no desactivan las notificaciones y pueden ser molestas. Tampoco ofendas ni compartas contenidos inadecuados.

5.    Cuidado con lo que compartís

Cualquier persona que reciba tus fotografías, audios o videos  puede volver a compartir con sus contactos, incluso subirla a Facebook, Twitter, YouTube, etc. Si pasara esto, ¿Cómo te sentirías? Piensa siempre en esto.

6.    Cuida tu reputación en los grupos de WhatsApp

No compartas contenido poco interesante ni actualices en todo momento. Muchos no están pendientes de la conversación y podría ser complicado seguirla. Es importante no acaparar las conversaciones ni hacerse más presente llenando al grupo de contenidos que puedan saturar el chat.

7.    Recuerda que WhatsApp no elimina tu historial de Chat

WhatsApp advierte que no elimina tus chats, podrás eliminarlo de tu dispositivo pero podrás restablecerlo en cualquier momento porque WhatsApp no los elimina. Es por ello que tienes que pensar bien lo que escribes para prevenir problemas: “lo que se escribe se lee y no se lo lleva el viento”.

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8.     Las publicaciones privadas deben mantenerse así

No caigas en las prácticas de reenviar contenidos o hacer print de pantalla para compartir con terceros. La conversación es solo para ti y la otra persona, no pierdas su confianza ni la expongas.

9.     Establece otras vías de comunicación

WhatsApp no es la primera ni será la última vía de comunicación. Desconéctate de vez en cuando, haz llamadas o fija un encuentro con tus amigos y familiares, WhatsApp no puede suplir estos momentos memorables.

10.  La regla de oro: NUNCA, NUNCA DISCUTAS POR WHATSAPP!!!

A través de un mensaje escrito no existe el tono emocional, desconocemos el lenguaje no verbal, no sabemos en qué estado está el otro y no tenemos suficiente información sobre el grado de veracidad del mensaje, tampoco si lo está escribiendo él o ella (puede haber alguien asesorándole sobre qué decir en la discusión, incluso un adulto). Cuidado con esto: las discusiones deben ser siempre en persona y por supuesto manteniendo el respeto en todo momento. Si alguien te envía un mensaje ofensivo, no contestes e inmediatamente habla con nosotros, no entres “al trapo” nunca.

Como madres y padres procurad estar siempre lo mejor informados posible y manejar más o menos bien la tecnología móvil. Es la única forma de acompañar al hijo o hija correctamente en este proceso, y no quedaros atrás. Ante cualquier duda o problema, buscad ayuda. Hoy por hoy existen muchas entidades que se ocupan de formar y de dar pautas a las madres y padres para mejorar la educación en estos ámbitos.

Susana Paniagua Díaz

Psicóloga educativa y familiar

Grupo Crece